Sospecho que al humorismo le sienta fatal dejar la taberna y sentarse a tomar el té. Válganos como ejemplo la comedia griega, originada tras la gran aceptación de los cantos fálicos, del s. VI y principios del V a. C., que recorrían Atenas, al modo de las chirigotas de Cádiz. Pero fue subirse a los escenarios del mundo helénico, y perder su descaro para burlarse de los sucesos locales con su nuevo empeño por el retrato jocoso de los asuntos domésticos y, como consecuencia, su chispeante mordacidad languideció en apenas ciento cincuenta años.

Otro tanto, incluso más súbito, le sucedió a la comedia romana; pues, contra las representaciones un tanto zascandilescas, atropelladas, casi se diría que improvisadas, pero siempre rebosantes de guasa y enredo de Plauto, se impuso, cuatro lustros después, la equilibrada ironía de Publio Terencio Africano y, con ella, vino la muerte de la comedia palliata; ya saben: aquella modalidad teatral inspirada o incluso casi calcada de originales de la comedia nueva ática y cuyos escenarios y personajes figuraban ser helénicos, por más que estuviesen inflamados de guiños y dijes romanos. Se había adquirido por el contacto con la Magna Grecia, pero en absoluto se había asentado en el Lacio por impulso patricio sino por apetito de la soldadesca, de los mercaderes, de los artistas y hasta de los marineros; en fin, de gentes licenciosas y, por otra parte, representadas frecuentemente por Plauto. Pero fue limarle la mofa y la procacidad a estas humoradas a imitación griega y la plebe, que las había traído y acogido en Roma, comenzó a abandonarla y a preferir otros espectáculos de mayor insolencia.

Sin embargo reparemos en que este recato tan pernicioso para aquel espectáculo, no deja de suscitarnos en Terencio como en su predecesor —y se dice que modelo de comediógrafo—, Cecilio Estacio, una aleccionadora paradoja, pues ambos eran esclavos y de un origen cerrilmente opuesto a Roma: Terencio, cartaginés —ignoramos si de familia púnica o mauritana—, y Estacio, ínsubro —celtas asentados donde, más o menos, hoy se extiende la provincia de Varese—; aunque ambos con la fortuna de educarse al servicio de familias privilegiadas: Estacio entre la distinguida gens Cecilia, mientras que el Africano, bajo el padrinazgo del senador Terencio Lucano. Esta pareja, por supuesto, alcanzó la libertad a su debido tiempo y no solo se integró en los más selectos cenáculos de Roma —Terencio, en concreto, perteneció a la clientela de los nobilísimos Escipiones—, sino que incluso fueron árbitros de la escena teatral, pues antes de estrenar su primera comedia, Andria (166 a. C.), el Africano requirió la aprobación del ya encumbrado Cecilio Estacio; y he aquí la paradoja: ninguno jamás mostró el menor atisbo de rencor por la sociedad que los había secuestrado y esclavizado en su infancia; al contrario, ambos se pluguieron de incorporarse al mundo de sus amos y en propagar sus aspiraciones.

Tal es así que quizá lo más sobresaliente del mesurado humorismo de Terencio sea —bajo el disfraz helénico de la comedia palliata— su descripción de las inquietudes de la aristocracia romana del s. II a. C., ávida de los usos griegos como distingo de elegancia. Al compás de esta atestiguadora corografía, Terencio también nos expuso —y ahí radica su valor y agudeza— la hipocresía en la que se debatía el potentado romano con sus contradicciones, tan ridículas como a menudo merecedoras de nuestra compasión. Como consecuencia de este revelador ejercicio, la espontánea y estentórea carcajada plautesca devino en una tenue e inteligente sonrisa que, como ya he advertido, expulsó a la plebe de los teatros.

Dónde mejor se palpa la propensión por esta tibieza en la chanza y el propósito por una comedia casi moralizante de Terencio es en el juego interpretativo. Y aun cuando hubo heredado los personajes de la comedia nueva ática y, encima, Plauto los fortaleciese con sus enredos hasta convertir a este elenco no solo en inamovible sino en excesivamente caracterizado para admitir fácilmente cualquier innovación, Terencio, para subir al escenario su particular y mesurado humor, se vio obligado a recortarle —con la notoria merma de popularidad que tal hecho conllevaba— el histrionismo a sus personajes; y desde su adulescens hasta su senex mostraron una ejemplar prudencia; es más, su esclavo perdió sus arteros resabios y su matrona ganó en compasión hacia la prole. Solo el parasitus, personaje tan plautiano, cuyo origen se remonta al perdido Adulador de Menandro, engrandeció con Terencio y de una manera imprevista: su Gnatón, de Eunuco (161 a. C.), no es ni mucho menos la atenuación del glotón cobista y ampuloso de Plauto, sino que exhibe una doblez taimada y repelente; sin duda, reflejo de tantos otros que debieron abundar ya por las mansiones romanas y que preludiaron, bajo el oportunísimo y pedantesco disfraz de epicúreos, al vidrioso Tartufo de Molière. Pero es que Molière coincide con Terencio en dos circunstancias cruciales para su quehacer: ambos representaron su teatro muy atentos a la nobleza y ambos escribieron sus comedias con desenmascaradoras intenciones morales.

Y como ni el público ni los teatros de Roma eran los adecuados para las sutilezas de Terencio, sus comedias acabaron representándose de manera leída bajo la discreta nemorosidad de las acomodadas villas y apenas dejaron más memoria que su límpido latín; por lo que, como les he dicho, me temo que al humorismo le sienta fatal abandonar la taberna y sentarse a tomar el té.

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En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.