Se me antoja una coincidencia bastante ceniza que el dramaturgo que retrató cuanto está sucediendo en Kabul fuese aquel que había escogido hace semanas para este artículo: el excepcional Eurípides. ¿O acaso no fue este poeta ático quien primero y de forma más variada dramatizó la sórdida desolación que sigue al combate? Es más; Eurípides apenas prestó un resquicio en su escena a las jolgoriosas fanfarrias del triunfo, al punto que los héroes victoriosos, que emocionaron a la nación helena en su época arcaica, nos aparecen despojados de su espléndida epicidad, tanto que ni les concede que nos conmuevan por padecer una secreta y terrible maldición familiar o por degradarse ofuscados por una inmerecida contrariedad, como les sucede a los sofocleos Edipo y Ayax. Y es que Eurípides retrata a aquella casta de vencedores como una atropellada taifa de rufianes que pugna, con las peores mañas, por el botín de la guerra; basta con una mirada a los caudillos aqueos de Las troyanas (415 a. C.), o con recordar la rabiosa disputa, más que diálogo, entre los labdácidas Eteocles y Polinices, en Las fenicias (410 a. C.), por el gobierno de Tebas; de ahí que se le tilde como el primer escritor pacifista.

Aunque esta no es la única asombrosa innovación de su dramaturgia; por ejemplo, todo nos lo sugiere como el primer trágico que ciñó la acción teatral a un conflicto netamente humano, donde las potencias cósmicas y las divinidades olímpicas apenas intervienen, mientras que, paradójicamente, es también quien ingenió el deus ex machina, truco infalible para resolver cualquier enredo escénico por enrevesado que se presente. Y aunque hoy se tienda a ridiculizar —naturalmente por su abuso desde el s. V a. C.— como una burda solución para poner un apurado “colorín colorado” a cuánto acabamos de contemplar sobre el escenario; me gustaría que ponderasen cómo, en Eurípides, el deus ex machina es una auténtica necesidad con la que apaciguar el inmenso embrollo armado sobre la escena por las mezquindades humanas; insidias, por otra parte, apenas sugeridas en los mitos originales y que, una vez convertidas por Eurípides en el gran leit motiv dramático, le requirieron este tajante y eficacísimo recurso para poder sofocarlas y concluir las tragedias.

Lo que me sugiere que si sopesásemos sosegadamente estos tres rasgos tan distintivos e innovadores de la dramaturgia de Eurípides, podríamos hasta resumirlos con un único apotegma: no hay mayor mal que la codicia. No obstante, con ella arranca la monumental Ilíada (VIII a. C.); ¿o acaso el gran poema no comienza con el disgusto de los aqueos ante la retirada de Aquiles porque Agamenón le ha arrebatado una de sus más preciadas rapiñas de guerra: la joven Briseida? ¿Y no continúa con enfrentamientos por pequeñas y grandes prendas ganadas en combate, demostrándonos en cada verso que la avaricia del hombre, y más de los héroes, es insaciable y ocasión para las más encarnizadas peleas? Ahora bien, matizaré que la Ilíada nos presenta la codicia bajo su faz más favorable: la ambición, convirtiendo, de paso, al botín bélico en una honorable prez, aunque —he aquí su grandeza— en pasajes capaces también de exhibir todo lo contrario. Y sumémosle entonces un certamen religioso como la tragedia, exigente de la sufrida turbación de sus asistentes para que, en menos de un siglo y sobre la escena del teatro de Dionisos, aquellas mismas gloriosas leyendas cantadas en la Ilíada nos desvelasen doloridamente las más escarnecedoras debilidades humanas. En efecto, tomando aquellos sucesos míticos como argumentos desde Esquilo, cuyas tragedias conseguían conmover a los atenienses con la agónica búsqueda de una armonía entre lo personal y lo comunitario, pasando por Sófocles, cuya catarsis se obtenía tras alcanzar una muy purgada concordia entre lo personal y lo irracional, y abocando en el pedestre Eurípides, cuyos dramas consistían en emocionar al graderío por el mero anhelo de la nunca bien valorada paz entre los hombres, los atenieses fueron desterrando de la escena todos aquellos castigos divinos y otras maldiciones heredadas por un pueblo o por una casta, propias de los mitos, para que cobrasen un imprevisto y perturbador eco trágico las más inmediatas y vulgares discordias. En fin, todo un desvelamiento del crudo ejercicio de existir que, si bien sucedió hace veintiséis siglos, aún nos sigue enervando.

Y, de pronto, percibo que nunca he abandonado al autor, cuando estos artículos pretendían homenajear a un personaje dramático y, al soslayo, a su creador y a su época. Cierto, que Eurípides me ofrecía varios, aunque ninguno —ni siquiera su Hipólito, tan celebrado durante siglos y que hoy, por la laxitud de nuestras familias, se me antoja preterido— tan subyugante como para escogerlo. No obstante, al poner el punto y final, evocó a Hécuba; en absoluto a la protagonista de la tragedia homónima, aquella que preparó la celada contra el traidor Poliméstor, sino a la blasfema y devastada Hécuba de Las troyanas; cabeza del coro de presas como reina destronada y madre de un buen puñado de muertos, sabedora de su suerte subastada y de su destino de tornarse perra como único y funesto remedio a su esclavitud; esa Hécuba mancillada y vengativa, que implora la ejecución de Helena a los Átridas y se enfrenta a la divina Afrodita, cuya prodigalidad en lujurias ha devastado su mundo; esa Hécuba que entierra con sus manos a su nieto, única y compasiva concesión de los vencedores, ¿no habitará ahora mismo en Afganistán?