No dejan de divertirme las paradojas de la Historia; por ejemplo, el Cristianismo, tan severo contra los espectáculos cívicos romanos —y en particular, contra el irreverente teatro— que no contento con proscribirlos, acabó convirtiendo a muchas de sus egregias construcciones en solares donde alzar una capilla a los mártires locales para que ni memoria se guardase de aquellos fastos, terminó, a la vuelta de un par o tres de siglos, convirtiéndose en el propagador del arte escénico. Es más, en esta contradicción se encierra un ritornello todavía más chocante cuando recordamos que la tragedia nació, allá por el s. VI a. C., sobre los cantos corales con los que se celebraba al dios Dionisos, y no solo eso, a sus dos grandes festividades quedaron unidos los posteriores concursos dramáticos en Atenas, durante su esplendor, en los ss. V y IV a. C.; otrosí, sucedió con la comedia, surgida de los komoi (o comparsas) satíricas que procesionaban por Atenas, en las postrimerías del s. VI a. C.; también en honor a Dionisos.

Cuanto me suscita que debería ser el extasiante Dionisos el gran patrón del teatro y en absoluto la musa Talía o sus hermanas Melpómene, Polimnia o Terpsícore; ni tan siquiera el romano san Ginés, aquel pantomimo, mártir del siglo III, que sufrió una repentina iluminación mientras representaba una burla del bautismo y, claro, sus sorprendentes protestas —pues su menester imponía el riguroso silencio durante toda su actuación— de recién converso le valieron la decapitación. La leyenda no aclara si Ginés concluyó o no la función; debo deducir que no y que el emperador Diocleciano, espectador de honor de aquella danza, sobresaltado ante el imprevisto arrebato del bailarín, no pudo sino pasaportarlo para sosegarse. De lo que también extraigo la lección de que no conviene sacar los pies del tiesto porque a menudo acarrea consecuencias impredecibles.

Pero me hallaba cuando el Cristianismo occidental recuperó el arte escénico; en un primer momento, para explicar, en mitad de la misa, los pasajes evangélicos a la feligresía gótica; por supuesto, en su latín, lo que, bien mirado, no debía explicar casi nada. A estas recreaciones las etiquetamos como “dramas litúrgicos” o tropos, y conservamos el francés Quem quaeritis? (s. X), que trata de las tres Marías ante el divino sepulcro, e incluso anterior a esa época se remontan los cantos de la Sibila. De origen también galicano aunque luego tan prodigados por la Corona de Aragón como para que conservemos el que se interpreta durante la Misa del gallo en la catedral de Mallorca y aun en la sarda Alguer. Y he aquí que ambos tipos de representaciones se sacaron a las puertas de las catedrales, y claro es, agrandaron su dramaturgia y hasta contaron con su tosco atrezzo, y se trasformaron en “milagros” y en “misterios”. Los primeros, como su nombre señala, cuentan leyendas hagiográficas comarcales y aún se conservan como en mi pueblo, Caudete, donde tras varias y ricas reelaboraciones —la última del s. XVIII—, representa el muy común “divino simulacro” —descubrimiento prodigioso de una venerada imagen ocultada muchos siglos atrás ante la inminente invasión musulmana— y toma el nombre de Episodios caudetanos o sencillamente Los episodios. Los misterios, por su parte, seguían la tradición de representar pasajes bíblicos acentuando su cariz apostolar, y por supuesto, abandonaron el latín para adoptar las lenguas vernáculas. Como consecuencia, ambos géneros, misterios y milagros, abrieron la espita para que los Minnesinguer y los juglares y luego las compañías de cómicos comenzasen a representar por tabernas y mercados su teatro profano. No obstante, si tolerados fueron sus andariegos retablos, en cambio sobre su oficio siguió pesando la censura eclesiástica; al punto que hasta bien entrado el s. XVIII, los cómicos no podían ser enterrados en sagrado.

Ah, el sarcasmo y la provocación; algo ingénito al oficio del tablado, motivo desde Roma de persecución y hasta, ya ven, de ese desdichado oprobio; y aun hoy en día nos encontramos de tanto en tanto con estas atrabiliarias censuras; válgame al caso recordar las agresiones y hasta los vetos que han soportado en nuestro país la compañía Els joglars.

Pero durante aquel tumultuoso y revuelto Medievo emergieron otras manifestaciones más o menos dramáticas que aún perviven como las mascaradas de carnestolendas o las que precedían a la procesión del Corpus; he ahí La Patum de Berga o las tarascas andaluzas; y desde luego otras, olvidadas, como Las danzas de la muerte. Y por supuesto, las proscritas, como las Misas del asno, jolgorios netamente blasfemos que nos evocan de inmediato a las saturnales romanas. Y hasta existió un teatro culto; en principio, leído en los estrados, y luego representado en las cortes a través de mascaradas y farsas, como la célebre de El licenciado Pathelin (s. XV), que asentaron, en conjunción con los textos clásicos rescatados de las bibliotecas monásticas, el actual teatro.

Dentro de aquel teatro cortesano leído, cuya práctica se extendió durante el s. XV, debo recordar que cinco siglos antes, allá por mediados del Novecientos, en la abadía de Gandersheim, la canonesa Roswitha se erigió como el primer dramaturgo medieval del que guardamos nombre, y nada menos que con seis comedias en latín y al modo de Terencio —por supuesto, en más rústico—, y encima, nos legó otra decena de poemas, desde épicos hasta del género de los “milagros”. Uno de estos últimos, su Theofilus, alumbró para la literatura universal al Doctor Fausto.

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En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.